Nuestro sitio web utiliza cookies para mejorar y personalizar su experiencia y para mostrar anuncios publicitarios (si los hubiera). Nuestro sitio web también puede incluir cookies de terceros como Google Adsense, Google Analytics y Youtube. Al utilizar el sitio web, usted acepta el uso de cookies. Hemos actualizado nuestra Política de privacidad. Haga clic en el botón para consultar nuestra Política de privacidad.

Impactante: 30% de adolescentes en RD sufrió bullying (Unicef)

Unicef: cerca del 30 % de los adolescentes en RD ha sufrido bullying al menos una vez

Uno de cada cuatro niños y adolescentes en América Latina y el Caribe ha experimentado acoso escolar. Las cifras, respaldadas por organismos internacionales, evidencian una problemática persistente que impacta la salud mental, el rendimiento académico y el desarrollo integral de millones de estudiantes en la región.

El acoso escolar continúa siendo una de las formas de violencia más extendidas contra la niñez y la adolescencia en América Latina y el Caribe. Diversos informes elaborados por organismos como UNICEF y la Organización Mundial de la Salud alertan sobre la magnitud del problema y su impacto en la vida de millones de estudiantes. Lejos de tratarse de episodios aislados, el bullying se consolida como un fenómeno estructural que atraviesa fronteras, contextos sociales y sistemas educativos.

Datos recientes revelan que aproximadamente uno de cada cuatro estudiantes en la región afirma haber sido víctima de acoso escolar en algún momento. Esta proporción refleja una realidad que exige atención urgente, no solo por la frecuencia de los casos, sino por las profundas consecuencias que genera en el desarrollo emocional, social y académico de quienes lo padecen.

En el caso específico de República Dominicana, la Encuesta Mundial de Salud Escolar señala que cerca del 30 % de los adolescentes entre 13 y 17 años reportaron haber sufrido bullying al menos una vez. Esta cifra sitúa al país dentro de una tendencia regional preocupante que muestra variaciones significativas entre naciones, pero un denominador común: la persistencia del acoso como práctica recurrente en entornos escolares.

Al revisar la situación regional, se advierte que países como Perú y Brasil exhiben algunas de las tasas más altas, con valores que rondan el 50 %. En cambio, Chile y Barbados muestran proporciones considerablemente menores, próximas al 15 %. Estas variaciones motivan a explorar factores culturales, sociales, económicos y regulatorios que podrían estar influyendo en la frecuencia del fenómeno.

¿Qué se entiende por bullying y por qué no es un hecho aislado?

El bullying no se limita a un conflicto puntual entre estudiantes. Para que una situación sea considerada acoso escolar, debe existir un patrón reiterado de comportamiento agresivo dirigido hacia una persona que se encuentra en una posición de vulnerabilidad o que no puede defenderse con facilidad. La repetición y el desequilibrio de poder son elementos centrales en su definición.

Este tipo de violencia puede adoptar diversas formas, que abarcan desde agresiones físicas, insultos y burlas persistentes hasta la exclusión social, la intimidación psicológica, el acoso sexual e incluso el ciberacoso. Hoy en día, las dinámicas digitales han ampliado su impacto, llevando este problema más allá del entorno escolar y extendiéndolo a redes sociales y servicios de mensajería.

Comprender que el bullying constituye un comportamiento repetido a lo largo del tiempo resulta esencial para valorar su impacto. No es solo un desacuerdo puntual entre compañeros, sino una dinámica persistente que puede ir minando poco a poco la autoestima y el equilibrio emocional de quien lo sufre.

Consecuencias en la salud mental y el desarrollo académico

Las repercusiones del acoso escolar van mucho más allá del momento en que ocurre la agresión. Las investigaciones advierten que quienes sufren bullying presentan un mayor riesgo de desarrollar trastornos como depresión y ansiedad, así como pensamientos autolesivos o suicidas. Además, es frecuente que experimenten aislamiento social, dificultades para establecer relaciones de confianza y una disminución significativa en su rendimiento académico.

El entorno escolar, concebido como un lugar para aprender y desarrollarse, puede transformarse en un ámbito donde predomina el temor. La falta de seguridad y la tensión constante disminuyen la concentración, desmotiván y limitan la participación en actividades tanto académicas como sociales. Con el tiempo, estas vivencias pueden generar huellas emocionales que se mantienen incluso en la edad adulta.

Sin embargo, el impacto no recae solo en quienes sufren las agresiones. Los estudiantes que llevan a cabo estas acciones también se ven expuestos a riesgos significativos. Distintas investigaciones señalan que quienes asumen conductas intimidatorias suelen manifestar actitudes antisociales, mayor tendencia al consumo de sustancias y complicaciones para acatar normas y límites. Todo esto evidencia que el bullying constituye un problema que involucra a toda la comunidad educativa.

Elementos que propician el acoso escolar dentro de la región

Las razones detrás del bullying son diversas y, en muchos casos, reflejan prejuicios arraigados en la sociedad. Entre los motivos más frecuentes se encuentran la apariencia física, la pertenencia étnica, la nacionalidad, la religión, la discapacidad y la identidad sexual. Estas características suelen convertirse en blanco de burlas y discriminación, especialmente cuando el entorno escolar no promueve una cultura de respeto y diversidad.

La estigmatización por el aspecto físico constituye una de las manifestaciones de acoso más habituales, y los comentarios despectivos sobre el peso, la altura o cualquier característica corporal pueden dejar una huella emocional considerable. Del mismo modo, la discriminación vinculada al origen étnico o nacional perpetúa dinámicas de exclusión social que van más allá del entorno escolar.

En el caso de estudiantes con discapacidad, el acoso puede intensificarse debido a la percepción de vulnerabilidad. De igual manera, quienes expresan una identidad sexual diversa o pertenecen a minorías religiosas pueden enfrentar mayores niveles de hostigamiento en contextos donde prevalecen actitudes intolerantes.

Las diferencias de género también condicionan cómo se expresa el bullying. Los datos indican que los niños suelen enfrentar con mayor frecuencia agresiones físicas directas, mientras que las niñas tienden a verse más vulnerables ante manifestaciones de violencia psicológica o de índole sexual. Estas discrepancias ponen de relieve patrones culturales que vinculan la fuerza física con la masculinidad y relacionan la agresión verbal o simbólica con interacciones sociales más complejas.

En diversos análisis se observó que un grupo notable de niñas afirmó haber sido blanco de burlas vinculadas con su apariencia física, mientras que los niños mencionaron con mayor frecuencia haber enfrentado agresiones corporales; además, las mofas de índole sexual impactaron tanto a mujeres como a varones, lo que revela la amplitud del problema.

La importancia de políticas públicas y programas escolares integrales

Frente a este panorama, organismos internacionales han insistido en la necesidad de adoptar respuestas más contundentes y coordinadas. La implementación de marcos legales sólidos que sancionen el acoso escolar es un primer paso, pero no suficiente por sí solo. Es imprescindible complementar estas medidas con programas educativos integrales que promuevan la convivencia pacífica y el respeto a la diversidad.

La preparación del cuerpo docente es esencial, ya que los educadores requieren recursos que les permitan reconocer indicios iniciales de acoso, actuar con rapidez y brindar acompañamiento tanto a quienes sufren como a quienes ejercen estas conductas dentro de procesos de orientación y apoyo. La formación continua contribuye a reforzar la capacidad de respuesta de las instituciones educativas.

La participación activa de las familias y las comunidades también desempeña un papel clave. El bullying no surge en el vacío; está influenciado por dinámicas sociales más amplias. Por ello, es necesario fomentar entornos familiares donde se promuevan valores como la empatía, la tolerancia y la resolución pacífica de conflictos.

Del mismo modo, la creación de campañas de sensibilización puede ayudar a desmantelar los estereotipos y prejuicios que sostienen la discriminación. Cuando el conjunto de la comunidad educativa asume el compromiso de eliminar el acoso, se generan condiciones más propicias para su prevención.

Un firme compromiso con la protección de los derechos de niñas, niños y adolescentes

Enfrentar el bullying no se limita a un asunto disciplinario, sino que constituye una responsabilidad ligada a la salvaguarda de los derechos humanos, y tanto la niñez como la adolescencia merecen crecer en espacios seguros, libres de discriminación y violencia, por lo que asegurar este derecho requiere poner en marcha acciones constantes y articuladas en los ámbitos local, nacional y regional.

Los estudios indican que actuar desde el inicio resulta más eficaz que intervenir cuando el problema ya está avanzado, y destinar recursos a iniciativas que fomenten las habilidades socioemocionales, la gestión pacífica de disputas y la formación en valores puede disminuir de forma notable los casos de acoso escolar.

El desafío es complejo y requiere voluntad política, recursos adecuados y una transformación cultural profunda. Sin embargo, los beneficios de construir escuelas seguras y respetuosas son incuestionables. Se trata no solo de mejorar indicadores estadísticos, sino de asegurar que millones de niños, niñas y adolescentes puedan aprender y crecer en ambientes que fomenten su bienestar integral.

La magnitud del problema en América Latina y el Caribe pone de relieve la urgencia de actuar. Las cifras son un llamado a reforzar las estrategias existentes y a innovar en políticas públicas que prioricen la protección de la infancia. Solo mediante un esfuerzo conjunto será posible reducir la prevalencia del bullying y avanzar hacia sociedades más justas e inclusivas.

Por: Pedro Alfonso Quintero J.

Entradas relacionadas